Nacimiento del colectivo de mujeres Saramanta Warmikuna (hijas del maíz)

Un torbellino de emociones y resistencias laten en el Ecuador. Los días y la gente se levantan de esperanza, con el sonido de los pasos de la marcha de los pueblos, de la marcha por el agua, por la tierra y por la dignidad. Se oyen palabras de vida. Y se sueña con que otro mundo es posible, mientras se hace el camino.

Ecuador es el primer país que reconoce en su constitución los derechos de la naturaleza, el derecho humano al agua, a la soberanía alimentaria, los derechos de sus pueblos ancestrales.

Sin embargo el movimiento indígena y las organizaciones sociales vienen desde el sur del país, alzando la voz contra las nuevas colonizaciones, que esta vez disfrazadas de empresas chinas, han decidido agujerear la tierra, en la primera mina a cielo abierto del país, para extraer poder, y seguir violentando sin límite, a la tierra y a sus pueblos. Ha sido necesaria una convocatoria nacional en defensa del agua y por la vida, para evitar la implementación del modelo extractivista.

Han pasado ya 40 años de explotación petrolera y las comunidades locales no permitirán la imposición de nuevos proyectos extractivistas. Por más de 20 años, proyectos mineros en la región andina, no se pudieron instalar, y el centro sur de la Amazonía no ha podido ser intervenido por operaciones de explotación petrolera.

Las mujeres también caminan, mujeres indígenas, afroecuatorianas, montubias, mestizas, vienen desde cada rincón del país alzando su voz, tejiendo sueños de esperanza.Desde el siglo pasado, en la década de los 90, el movimiento indígena se constituyó en el actor social más importante del Ecuador, y una de las voces más profundas es la voz de las mujeres. Esas voces profundas son las mamas, las curadoras, las sanadoras, las chamanas, son las voces de la sabiduría ancestral. Cuidadoras de la salud y el bienestar de las personas y de la pachamama. El corazón de las resistencias han sido ellas, quienes han consolidado y fortalecido la unidad comunal y los procesos organizativos.

El llamado a la defensa del agua, de la tierra, de la dignidad, como por arte de magia, acontece el día de la mujer, generando un espacio de articulación de mujeres poderosas que se reencuentran para alzar la voz y establecer sinergias de vida, frente a tanta destrucción.

Amanece Quito el día 5 de Marzo, con la firma del primer contrato minero a cielo a abierto entre la empresa china ECSA y el estado, y con la liberación de 8 compañeras ecuatorianas que ocuparon pacíficamente la embajada china para evitarlo. Estas dos noticias son el espejo de lo que acontece en el país y de las resistencias que protagonizan las mujeres.

Simbólicamente, la firma del contrato minero unos días antes del día de la mujer y del inicio de la marcha por el agua, ha sido el atentado y el agravio más grande. Ha sido una razón más que fortalece la convocatoria.

Como si la tierra hablase, amanece Quito también con un encuentro de mujeres que compartirán sus vínculos con la naturaleza. Son mujeres de lucha, de procesos profundos, que proceden de las entrañas, del corazón mismo de la tierra.

Son mujeres del campo y la ciudad defensoras de la naturaleza, del agua, los páramos, bosques, selvas, manglares, ríos, guardianas de la agricultura y las semillas, que vienen de procesos históricos de resistencia al capitalismo patriarcal basado en la violencia, la explotación y dominación de las mujeres y la naturaleza.

Han decidido seguir fortaleciendo su unidad a través de un proceso de reflexión e intercambio de luchas, y se han sentido parte del proceso de movilizaciones que inicia el día de la Mujer en Zamora y concluye el día del Agua en Quito, pero exigen que los impactos específicos que sufren, así como sus demandas y propuestas sean tenidas en cuenta en dichas movilizaciones.

Acaban de nacer las saramantas nunkui itiumu warmikuna, nacen entrelazadas las mujeres del maíz.

Concluye el encuentro con una vigilia en espera del día de la mujer, se realiza una ceremonia simbólica en plena Plaza Grande de Quito, frente al palacio presidencial. Con semillas, tierra, velas, agua, flores…se construye un altar ceremonial en forma de camino espiral, que recoge también objetos de oro que simulan la codicia, esa que comenzó hace 520 años y continúa hoy con las empresas transnacionales, que vienen a acabar con la naturaleza y con la vida.

 

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