Amazónicas: la guerra por la vida (III)

Waoranis, los últimos pueblos libres

Los descendientes de los temidos aucas resisten frente al acoso de iglesias, petroleras y gobiernos

Este es el relato de una de las últimas fronteras, del encuentro y sometimiento de un mundo a otro que llegó de fuera. De un mundo que resistió y aún resiste pero cuyos inalcanzables muros verdes antes impenetrables, después de 100 años de embestidas, corren el peligro de derrumbarse definitivamente llevándoselos con ellos. Es el relato de los últimos aucas (salvajes), como denominaron los incas a los pueblos a los que no eran capaces de someter e integrar en su imperio, la historia de los últimos, los waorani de la Amazonia de Ecuador, un reto para la maquinaria evangelizadora de católicos y protestantes y un reclamo internacional, “una hazaña sin precedentes”, para la captación de fondos. Además, fue un reto para la consolidación nacional y territorial de la República y su Ejército, que con su presencia controlaba la frontera y reafirmaba la soberanía del territorio disputado con Perú.

Asesinato y esclavización

Y también fue un reto para caucheros y petroleros, que utilizando cebos, regalos, o la fuerza, el asesinato y la esclavización de comunidades enteras, irrumpieron, oleada tras oleada, en sus territorios hasta hoy. Pero además fue un banco de material genético vegetal, animal y humano. Es la historia de cómo, en ocasiones, todos estos actores con intereses aparentemente tan dispares como la salvación de las almas y la explotación de los recursos naturales y hasta de las personas, unieron fuerzas para someter a este pueblo que a principios de siglo formaban unos 30.000 hombres, mujeres y niños y hoy apenas supera los 3.000. Lo cierto es que desde 1960 aproximadamente, existen estudios, testimonios y publicaciones que confirman la entrada en el territorio de diferentes misiones científicas, siempre de origen estadounidense, unas veces de la mano de misioneros protestantes del denominado Instituto Lingüístico de Verano (ILV) y otras de la de compañías petroleras como la estadounidense Maxus. El objetivo: realizar estudios de resistencias a determinados patógenos de los indígenas aislados para el robo y venta de material genético waorani a instituciones médicas privadas de Estados Unidos, según denunciaba el propio Gobierno ecuatoriano en 2012, tras dar curso a diferentes denuncias de las organizaciones waoranis y de científicos como Pablo Morales Males. La excusa, una campaña de revisiones médicas y vacunaciones.

En 2010, Pablo Morales, director del Instituto Intercientífico y Derechos Genoculturales, tramitó una queja en la Defensoría del Pueblo contra el Instituto Científico Coriell por vender presuntamente material genético waorani, que estaría localizado en el biodepositario celular GM11776, en Nueva Jersey, y distribuir muestras a 8 países: Alemania, Canadá, Brasil, Japón, India, Italia, Singapur y los propios Estados Unidos. La Defensoría del Pueblo reveló en su informe posterior que los autores “se aprovecharon de la situación para realizar estudios genéticos no solo del ser humano, sino también de las plantas y animales, y apropiarse de los conocimientos de los indígenas”. El presidente Correa anuncia en 2014 medidas legales por parte de Ecuador.

Constitución ecuatoriana

El Artículo 57, 12, de la Constitución ecuatoriana exige “mantener, proteger y desarrollar los conocimientos colectivos; sus ciencias, tecnologías y saberes ancestrales; los recursos Javier Ruiz Quito-Puyo (Ecuador) Waoranis, los últimos pueblos libres Los descendientes de los temidos aucas resisten frente al acoso de iglesias, petroleras y gobiernos genéticos que contienen la diversidad biológica y la agrobiodiversidad; sus medicinas y prácticas de medicina tradicional, con inclusión del derecho a recuperar, promover y proteger los lugares rituales y sagrados, así como plantas, animales, minerales y ecosistemas dentro de sus territorios; y el conocimiento de los recursos y propiedades de la fauna y la flora”.

Si bien los primeros datos de la población indígena proceden de los misioneros jesuitas, que permanecieron en la Amazonia de Ecuador desde 1576 hasta 1768, es a final del siglo XIX y principios del XX cuando comienzan los intentos de control y explotación del territorio y, de forma inicial, el contacto. Con la llegada de la Revolución Liberal y la consolidación del proyecto político progresista (1895-1920), las nuevas clases dirigentes acometen la consolidación del Estado y vuelven sus ojos a una exploración y colonización efectiva y definitiva de la Amazonia. En el entorno internacional, el auge de la explotación cauchera saluda al siglo XX a su llegada provocando tensiones fronterizas y conflictos territoriales.

La región cauchera amazónica ecuatoriana vendía su producción en el puerto fluvial peruano de Iquitos, por lo que nunca aportó grandes beneficios a Ecuador, lo que evitó la creación de grupos de poder caucheros en el país, patrones que tuvieran el capital y el poder de decidir la vida de pueblos enteros o su exterminio, como en Perú y Brasil.

Aún así, eran dos los medios por los que los caucheros accedían a la mano de obra indígena, recuerda Juan José Aguilar Barbuzano, de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) en la investigación de su tesis doctoral, titulada Visualidades y Amazonía : imágenes e historia del contacto. Uno era con cebos, préstamos, entrega de ropa, armas, ollas o herramientas metálicas a crédito. El trabajador indígena, siempre en manos del patrón y dependiente de él, pagaba con una cantidad estipulada de goma o trabajando en régimen de semi esclavitud hasta que saldaba su deuda. El otro eran las incursiones armadas a comunidades y la captura de los supervivientes como esclavos, lo que se produjo en el río Curaray con los sápara hasta casi su desaparición. Se producen también los primeros ataques de los aucas y las posteriores represalias.

La fiebre del petróleo

Después de la fiebre del caucho, llegó la del petróleo. Una subsidiaria de la Standar Oil de New Jersey, la Leonard Exploration Company, era contratada en 1921 por el Gobierno ecuatoriano para explorar el área con vistas a la posible explotación petrolera. No había siquiera mapas de ríos más allá de los principales y pueblos libres sobrevivían justamente por ese aislamiento y desconocimiento, lo que destrozó la necesidad de la actividad petrolera de infraestructuras como conductos, vías y carreteras. En 1937, se otorgan “derechos exclusivos” a una subsidiaria de la Royal Duch Shell, Anglo Saxon Petroleum. Un año después, la Shell crea un campamento base y seis pistas de aterrizaje. Y luego más, en lo que una misionera evangelista fundamental en esta historia llamará después “la esfera del cielo”. También comienzan los contactos con los waoranis que casi siempre se saldan con muertes, de un bando y del otro. La Shell solicita protección del Ejército que envía cuadrillas viendo la posibilidad de asentarse en el territorio tras muchos intentos. Además, recupera una práctica de los conquistadores, utilizar indígenas contra indígenas y armó kichwas y shuar para usarlos como peones o protegerse de los no contactados.

‘Operación Auca’

Sin embargo, en los 50, cuando la Shell comenzaba a replegarse, llegan al territorio misioneros evangélicos e instalan en su misma base lo que pasará a ser el centro de operaciones de la Asociación Misionera de Aviación y Alas de Socorro, que comunicaba a dos docenas de misioneros protestantes en 9 estaciones, muchas antiguas instalaciones petroleras. En septiembre de 1955, los misioneros ponen en marcha la Operación Auca, que se convertiría en “una leyenda evangélica insuperada, probablemente la misión evangélica más conocida del mundo”. “Vamos a descender ahora, pistolas, regalos, novedades y en nuestros corazones, oración”, dice uno de los misioneros, Jim Elliot, antes de volar a territorio auca.

También viaja Rachel Saint, del Instituto Ligústico de Verano (ILV), una institución decisiva en esta historia. El primer contacto, en 1956, desencadena el posterior traslado de la mayoría de los grupos waorani a la Reserva Protectorado de Tiweno, creada por la religiosa norteamericana y en funcionamiento hasta su ocaso en 1974. El Instituto Lingüístico de Verano fue expulsado del Ecuador por el presidente Jaime Roldó Aguilera, muerto después en un accidente de aviación.

Es entonces también cuando los aucas dejan de llamarse aucas y se llaman waoranis o waos y cuando algunos de ellos, los grupos tagaeri y taromenani, deciden no seguir a los demás, que lidera Dayuma, una waorani que fue el principal contacto entre misioneros y su pueblo al inicio y su líder después, y mantenerse en el bosque conservando su forma de vida, en aislamiento voluntario, hasta hoy.

Tal vez sus últimos días. Pero si, tal como indica la investigación del caso de la Secretaría Nacional de Educación Superior, Ciencia e Innovación ecuatoriana ,“desde 1960 hasta ahora, el Instituto Coriell, la petrolera Maxus y la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard procedieron a tomar 3.500 muestras directas de sangre de la aludida comunidad indígena ecuatoriana”, las primeras misiones científicas fueron facilitadas por los misioneros. Y no fue la única vez. El Instituto Lingüístico de Verano desarrolló sospechosas e imprecisas “investigaciones de campo” en los años 60 en diversas partes de América Latina, como zonas rurales de Colombia y el altiplano guatemalteco por ejemplo.

Los hechos considerados probados en el informe de la Defensoría del Pueblo de Ecuador confirman que “dos estadounidenses, entre ellos un médico de la petrolera Maxus, tomó muestras de sangre a varios de ellos aduciendo que serían usadas para exámenes cuyos resultados nunca entregaron”.

“Se comprobó que el instituto Coriell”, instituto de investigaciones médicas de la Universidad de Harvard con sede en Nueva Jersey (EEUU), “posee ilegalmente desde el 18 de diciembre de 1991 muestras de sangre” waorani, confirma la Defensoría del Pueblo, que añadía que “desde 1994 hasta la actualidad este laboratorio ha distribuido un total de siete cultivos celulares y 36 muestras a ocho países”. Los hechos ocurrieron entre los años de 1990 y 1991, en la comunidad Yawempare, parroquia Dayuna, del cantón Coca, en la provincia de Orellana.

A principios de los 90, la hija del presidente Sixto Durán Ballén amadrinaba y era “testigo de honor” en la firma de un “convenio de amistad” entre la petrolera Maxus y el Pueblo Waorani, con una vigencia de 20 años y redactado en inglés, que ella misma promovió, que le otorgaba a la compañía entrada libre en ese territorio ancestral para explotar sus recursos petroleros.

Pendientes de bisutería

A cambio, entregó a una de las mujeres waos presentes unos pendientes de bisutería y comentó al encargado de Negocios de la Embajada norteamericana: “¿Crees que ganamos con el cambio?”, a lo que él respondía: “Así ganamos Manhattan”. Entre otras cosas, Maxus inauguró la Estación Científica de Yasuní. De acuerdo al Convenio de Biodiversidad, la investigación científica debía cumplir dos fines: la conservación de la diversidad biológica y el uso sustentable de la misma. También se incluye la transferencia de tecnología y repartición equitativa de las ganancias generadas. La contraparte local era la Pontificia Universidad Católica de Ecuador (PUCE), que la sigue gestionando hasta hoy, pero el Instituto Smithsonian de Estados Unidos y la Universidad de Aarhus danesa estaban detrás del proceso, se denunció también.

 

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