Elena Galvez Mancilla

Elena Galvez Mancilla

CDMX, México

Historiadora, Miembro del Colectivo Laboratorio de Activismo Social.

En octubre, yo no estaba articulada a ninguna organización, simplemente fue una gran sorpresa ver como un montón de gente de distintas nacionalidades iban llegando a la ciudad, era algo que nunca había visto más que en los libros y en las memorias de paros indígenas anteriores.

Fue impresionante ver que la ciudad estaba siendo tomada por los indígenas. También fue sorprendente el nivel de represión que hubo.

De pronto vi como inundaron la ciudad, me impactó la fuerza colectiva con la que iban caminando todos y todas, juntos y juntas con sus niños y niñas pequeñas afrontando las dificultades y la represión de forma colectiva.

Me sorprendieron las mujeres cuidando a sus hijos e hijas en las universidades, compartiendo los alimentos, las camas y, todo el tiempo conversando de lo que estaba sucediendo.

Fue impresionante ver que la ciudad estaba siendo tomada por los indígenas.

Todo esto me hizo pensar en lo viva que está la cultura indígena, la importancia de sostener la luchar en sus territorios.
Conocí un mundo indígena, y una forma de pelear políticamente que me resultaban totalmente ajenas.

También fue sorprendente el nivel de represión que hubo, estuve en distinto lugares donde se desato la violencia y observé una situación de desigualdad extrema en la forma en que el gobierno atacó a las nacionalidades indígenas a medida que iban llegando; desde audios que iban contando números en retroceso y una no sabía lo que iba a pasar al llegar a cero, hasta las bombas caducadas que les lanzaban, directamente al cuerpo. Vi golpear bastante duro en la espalda a una mujer que vendía algo cerca del banco central. También vi agredir a amigos, a periodistas y fotógrafos.

¡Se levanta uno, se levantan todos!

Ser testigo de cómo la ciudad se levantaba en barricadas me recordaba muchas historias de otros tiempos, veía las calles bloqueadas, y la gente haciendo escudos con lo que podía, también muchos con lanzas de maderas bloqueando carreteras.

Todo esto me hizo pensar en lo viva que está la cultura indígena, la importancia de sostener la luchar en sus territorios.

Conocí un mundo indígena, y una forma de pelear políticamente que me resultaban totalmente ajenas; eso fue lo más impresionante de este momento.

Inundan la ciudad como una marea de colores en bloques rojos, algunos otros negros, algunos con chalinas brillantes, distinguen los diferentes pueblos de la sierra ecuatoriana.

Hasta octubre del 2019, no había entendido el significado de las palabras levantamiento indígena, pese a haberlo estudiado, no había logrado ver todos los sentidos que estas dos palabras juntas tienen en la cultura política ecuatoriana.

La colectividad es una de ellos.

¡Se levanta uno, se levantan todos!

Las comidas, las protestas, las caminatas.

Familias enteras viajan, incluidos niños, que al ser parte de esta colectividad vienen también, inundan la ciudad como una marea de colores en bloques rojos, algunos otros negros, algunos con chalinas brillantes, distinguen los diferentes pueblos de la sierra ecuatoriana.

Casi todos con sombreros de colores obscuros, hombres y mujeres de los distintos pueblos los usan.

También existe el otro rostro de la protesta, ese desenmascarado sobreviviente racismo, clavado en lo profundo de la sociedad, que aflora solo en momentos en los que se interrumpe la cotidianidad con un levantamiento indígena, y la anhelada blanquitud de la “Carita de Dios” se ve confrontada por la existencia activa de los pueblos y nacionalidades indígenas.

La ciudad de Quito es parte de ese sentido comunitario, algunos ecos de su pertenencia indígena sobreviven, y se miran cientos de personas que donan alimentos y montañas de ropa para las que llegan de las provincias. Los he visto trabajar cocinando, cuidando a los guaguas, acompañando expectantes.

Las universidades vuelcan su labor para esos pueblos marginados que vienen y han abierto sus puertas como un refugio. Pero también existe el otro rostro de la protesta, ese desenmascarado sobreviviente racismo clavado en lo profundo de la sociedad, que aflora solo en momentos en los que se interrumpe la cotidianidad con un levantamiento indígena, y la anhelada blanquitud de la “Carita de Dios” se ve confrontada por la existencia activa de los pueblos y nacionalidades indígenas que viven en sus entrañas; es entonces, que algunas personas y sectores comienzan a tildar y descalificar a estos “indios”.

Adjetivos tales como: violentos, como si esta violencia fuera irracional y voluntaria; sucios, por lo que se hace un llamado a limpiar la ciudad, pintar los muros del hermoso centro histórico patrimonio mundial.

Una de las grandes virtudes de esta irrupción india en la ciudad moderna, es que nos obliga a transparentar lo que somos.

Pero esta ciudad blanqueada nada dijo cuando el fraudulento metro, afectó el convento del Carmen, ni cuando derrumban las casas patrimoniales para construir horribles edificios, ni las marchas feministas que pintaron el centro histórico, pero urbanas al fin, les han merecido este sentimiento de civilidad y limpieza.

Vale cuestionarnos nuestros propios sentidos de ciudad, de ciudadanía y de protesta. Es de hecho un ejercicio urgente.

¿Será que quieren limpiar de indígenas la ciudad?

Se cuestiona el sentido comunitario de la protesta, recuerdo lo que un taxista me decía, que todo lo que les ha pasado, incluidas las muertes: “bien hechito, pues para qué vienen, para qué traen a sus niños? Si no quieren asfixiarse y ponerse en riesgo que se queden en sus pueblos”; yo me preguntó: ¿con quién? pues no solo sus padres, sino su comunidad viajó también.

Y por supuesto, la fórmula que ha funcionado durante siglos, el cuestionamiento por el ser sujeto autónomo y político de las sociedades indígenas.

Se habla de que son manipulados por Correa, por la ONG’s, como si este acto de levantarse para protestar fuera resultado de un agente externo. Hay un ventrílocuo que piensa políticamente por ellos, y éste, es por supuesto blanco, mestizo o extranjero.

¿No les recuerda esto las discusiones sobre la existencia o no del alma en los indios después de la conquista? Fórmula mil veces repetida y repetida, cada vez que los indígenas se levantan y protestan.

El calificativo indígena manipulado también vuelve a este sujeto un ser genérico y homogéneo: “todos los indios son iguales”.

Una de las grandes virtudes de esta irrupción india en la ciudad moderna, es que nos obliga a transparentar lo que somos, la violencia estructural de la que el racismo reeditado es parte.

Vale cuestionarnos nuestros propios sentidos de ciudad, de ciudadanía y de protesta.

Es de hecho un ejercicio urgente.

Y en lo personal, agradezco esto al movimiento indígena: obligarnos a tomar postura, ¡ya sabemos de qué lado de la Historia estamos!

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