Josefina Tualombo

Josefina Tualombo

Mujer Kichwua.

Del Pueblo Waranka, Provincia de Bolívar. De la Parroquia Veintimilla. Comunidad de Casipamba.

Integra la Organización CODICIV, segunda filial de la Organización Provincial de la Fecab Brunari, en la que actualmente se desempeña como Dirigente de Finanzas.

En el año 2018, fui elegida parte del consejo de gobierno de la Federación de Organizaciones Campesinas e Indígenas de Bolívar -Runakunapak Rikcharimuy (FECABRUNARI), razón por la cual participé como delegada oficial en las pasadas manifestaciones del mes de octubre, donde colaboré coordinando cuestiones logísticas como los lugares de descanso, la alimentación y la atención médica de los compañeros que se dirigían hacia Quito, al lugar de concentración.

Cuando llegamos a la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE), en primera instancia, organizamos un cronograma para acudir al Centro Histórico específicamente al Palacio de Carondelet, en el transcurso se encontraba cercado con rejas y alambres de púas, impidiendo el paso en cada protesta. La Policía Nacional reprimía con gas pimienta a hombres y mujeres con hijos en brazos, pese a ser marchas pacíficas, con el único propósito de hacer llegar la consigna de hacer derogar el Decreto 883, ya que contenía una serie de medidas económicas que afectaban al bolsillo de los ecuatorianos, especialmente a los del sector rural, a la clase obrera y campesina que vive de la agricultura.

La policía nacional reprimía con gas pimienta a hombres y mujeres con niños en brazos, pese a ser marchas pacíficas, con el único propósito de hacer llegar la consigna de hacer derogar el Decreto 883″
«Sin recibir aviso para retirarnos pacíficamente, salieron los miembros de la Policía Nacional y empezaron a arremeter y a intimidarnos, para luego disparar bombas lacrimógenas sin distinguir sexo, edad, ni religión»

Los días que permanecimos en Quito, realizamos varias marchas pacíficas, en muchas ocasiones pudimos avanzar cerca de la plaza de Santo Domingo, por el Centro de Salud N° 1 “Centro Histórico”, en donde había miembros de la Policía Nacional y Militares al mando de la Ministra de Gobierno y Ministro Defensa.

Recuerdo claramente que un día nos informaron que seríamos recibidos en el Palacio de Carondelet, entonces nos dirigimos alzando nuestra voz de protesta hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, etc. Pero al llegar estaba todo resguardado, nos habían engañado, manifestaron que la Dirigencia Nacional estaba reunida con el presidente de la República y que no teníamos acceso para seguir avanzando. Entonces, permanecimos en vigilia pendientes de alguna noticia, muchos compañeros y compañeras descansaban en la calzada, otros caminaban por los alrededores del Centro Histórico con sus hijos sin imaginarse que, horas más tarde, sin recibir aviso para retirarnos pacíficamente, salieron los miembros de la Policía Nacional y empezaron a arremeter y a intimidarnos, para luego disparar bombas lacrimógenas sin distinguir sexo, edad, ni religión.

Nos vimos encerrados en esas calles angostas del Centro Histórico, no podíamos ir a ningún lado de la desesperación, nos dispersamos y fuimos desalojados sin causar daños a la propiedad privada, y fuimos tratados como “vándalos y terroristas”. Llegamos como pudimos al punto de encuentro que era la Casa de la Cultura, lugar designado como Centro de Acogida Humanitaria.

Fue un paro nacional y cada ser humano alzó su voz de protesta para que el gobierno declinara el decreto»
«Todas las noches que duró el levantamiento, casi no se podía dormir, pues había rumores que decían que en la noche nos vendrían a buscar y que nos asesinarían»

Todo fue lamentable, no había paso por ningún lado, algunos tomaron la ruta occidental por los túneles, logré reunirme con algunos compañeros y compañeras porque tenía miedo por ser una líder indígena, ya que la persecución no se detenía, con los compañeros fuimos a la Marín y caminamos hasta la CCE. Esa noche estuvimos alojados pocas personas allí, ya que aún no llegaban todos los compañeros de los territorios indígenas, que venían de la Costa, Sierra y Oriente. Conforme seguían llegando se intensificaba el trabajo logístico con los demás compañeros de las diferentes provincias, a unos se los ubicaba en la Universidad Central del Ecuador, Universidad Politécnica Nacional, Universidad Politécnica Salesiana, FENOCIN y otros en la Universidad Católica. Establecimientos que nos extendieron su mano amiga para apoyarnos en esta lucha de clases sociales, ya que en ese momento no se respetaban los Derechos Humanos de las personas; se sumaron también estudiantes universitarios y de colegios de Quito y a nivel del país, a ellos un abrazo de agradecimiento ya que sintieron esta lucha y resistencia hacia las políticas neoliberales del gobierno. De la misma forma al resto de compañeros que lucharon desde su territorio, ya que fue un paro nacional y cada ser humano alzó su voz de protesta para que el gobierno declinara este decreto.

Fue un poco difícil estar a cargo de personas ya que todo era incierto, pues la fuerza pública empezó a cobrar vidas por el uso excesivo de la fuerza policial y militar pues dejaron de velar por la seguriadad y asesinaron a personas humildes e inocentes, sin darse cuenta que ellos tambien son pueblo, su adoctrinamiento no los dejaba pensar más allá de un uniforme y un casco. Todas las noches que duró el levantamiento, casi no se podía dormir, pues había rumores que decían que en la noche nos vendrían a buscar y que nos asesinarían ya que el gobierno tomo la decisión de dictar un toque de queda.  

Con respecto a la participación de las mujeres fue muy importante, la mujer indígena es valiente y aguerrida, fuerte y luchadora; organizamos una acción solo de mujeres, que encabezó una compañera de Cotopaxi. Nos unimos y nos acercamos con las manos vacías a la Asamblea Nacional, ahí nos encontramos con policías y militares que no permitieron el acercamiento y nos volvieron a engañar, nos decían: “ya se va a arreglar”, alzaron una bandera blanca de paz, dijeron que nos acerquemos a la asamblea, por lo cual llegamos a la puerta de la parte de atrás de la Asamblea Nacional en la Av. Juan Montalvo y Yaguachi. Al transcurrir una hora, nos dio hambre pues el reloj marcaba las 14:H:30min, una hora más tarde, cansadas de estar paradas esperando la “solución que nos habían dicho” nos sentamos en las veredas.

En trabajos coordinados un grupo de personas nos regalaron agua y comida, misteriosamente tres helicópteros se acercaban a la Asamblea Nacional, uno tras otro aterrizaba en la terraza de dicha edificación sin saber que los llegaban a dotar de gas lacrimógeno, para dispersar de una forma inhumana a las personas que nos encontrábamos en los exteriores, también se evidenciaba la presencia de franco tiradores escondidos, no sabíamos que estaba pasando hasta que nos empezaron a reprimir. En menos de 2 minutos se había formado una capa de humo blanco, que asfixiaba una vez más a todos nuestros compañeros indígenas.  

Pasado un tiempo volvieron a lanzar bombas lacrimógenas, sin importar la vida de las mujeres que estuvimos al frente, tranquilas, con las manos vacías, en son de paz, decíamos: ya no más hermanos muertos. Pero la respuesta fue la represión. Aquel día casi muero asfixiada.

La policía y el ejército nos engañaron. Ahí también murieron compañeros producto de la represión, ya que se había convertido en un campo de guerra, ya no era solamente gas lacrimógeno, sino militares apuntando sus armas y disparando a quemarropa balas de goma.

Tranquilas, con las manos vacías, en son de paz, decíamos: ya no más hermanos muertos. Pero la respuesta fue la represión. Aquel día casi muero asfixiada»

«Fue una experiencia triste, traumática; después era duro tener que contar como mujeres ¿por qué tanta violencia que sufrimos ahí? Sí eso era para defender, era para todos»

«Mi función fue cuidar, proteger y estar al frente; defender nuestros derechos, el derecho que nos corresponde a todos, al país en general»

Y también habían personas cuidándonos que eran parte de la guardia indígena hombres y jóvenes, miembros de la Cruz Roja, también voluntarios estudiantes de medicina de diferentes universidades que nos ayudaban a las personas que nos encontrábamos heridos y asfixiados.

Nos pudimos salvar a pesar de la asfixia por el exceso de bombas que lanzaban los policías; yo estaba con mi esposo y mi hija y nos tocó cuidarnos los tres, corrimos como todos y nos refugiamos en el parque El Ejido; varias personas que venían corriendo tratando de salvar sus vidas lamentablemente caían asfixiados, y se pisaban, cada uno trataba de salvaguardar su vida en esos momentos de pánico y angustia, salían como podían.

Fue un sálvese quien pueda, una masacre horrible. Fue una experiencia triste, traumática; después era duro tener que contar como mujeres ¿por qué sufrimos tanta violencia ahí?. Sí eso era para defender a todos, pues los decretos dispuestos por el gobierno nos afectaban al país en general. Se jugaba el futuro de nuestros hijos, las consecuencias que traía a futuro.

Allí mi función fue cuidar, proteger y estar al frente; defender nuestros derechos, el derecho que nos corresponde a todos, al país en general. Y ahora ya ve que nos van a subir otra vez, que este paquetazo ya no se va a quedar ahí, que el gas va a subir. El Gobierno firma decretos a escondidas, negocia el país con el Fondo Monetario Internacional.

La lucha no solo era del indígena, campesino, afro, montubio, mestizo, era del pueblo en general. De mi tierra vinieron no solo indígenas, vino todo el pueblo, estuvimos alrededor de 800 personas de la provincia de Bolívar. Y como dirigente teníamos que estar pendientes de la seguridad y el cuidado de todas estas personas, dónde iban a dormir, la comida, ahí teníamos que estar cuidando a nuestros compañeros y compañeras velando por su seguridad, evitando que inocentes pierdan sus vidas.

Y para terminar, me gustaría compartir una anécdota: Cuando estuvimos sentados tranquilos y nos empezaron a disparar las bombas, me acuerdo a veces: sentía la valentía de estar ahí participando y luchar, porque todos estuvimos por la misma causa. De todo esto lo lindo fue el logro de haber derogado el decreto en aquel momento, y la solidaridad de las personas que se acercaban y donaban una frazada para las noches frías, alimentos y víveres para poder resistir el hambre.

La unidad y la lucha no nos debe faltar nunca, darnos fuerza de parte y parte como indígenas, debemos ser recíprocos con el pueblo mestizo y de la ciudad, quienes nos colaboraron mucho cuando llegamos desde las diferentes provincias.

Debemos ayudarnos dándonos la mano, y eso siempre recuerdo.

Siempre he caminado poniendo en práctica las palabras que nos daba mama Blanquita Ch.; la marcha de las mujeres era muy buena, por que como mujeres sí hemos logrado el respeto, al vernos solo mujeres no sufrimos tanto atropello; si estábamos mezclados no había respeto de la policía y militares, ellos actuaron muy mal como si no fuéramos humanos, como si no tuvieran madres, hermanas, esposas e hijas. En el fondo siento tristeza por los compañeros que perdieron la vida ya que dejaron hijos en la orfandad y familias destrozadas.

8 Comments

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